San José Costa Rica-1940
Estados Unidos-Base Militar Pearl Harbor 1941
Hoy 6 de diciembre del 2030, hago uso de mi brillante invento: ¡Mi máquina del tiempo! Ingreso en el cubículo y me aventuro a viajar donde ella me quiera llevar, ya que no he logrado programar el día y el año donde quisiera que me lleve. Ni modo, supongo que poco a poco iré perfeccionando mi invento. Si logré crear un programa de inteligencia artificial que me brinda un vestuario de la época hacia donde viajo para que los aldeanos no se extrañen de mi presencia.
Enciendo el motor, y en un momento solo logro ver por las pequeñas ventanas luces destellantes. En dos minutos se detiene el motor y entiendo que ya estoy en un lugar desconocido, en una época desconocida. El temor invade mi mente y mi cuerpo, pero también la curiosidad y mi espíritu científico me mueve a abrir rápidamente la puerta.
Es de día, está un poco nublado pero el clima es agradable, muy fresco, se respira un aire puro, me siento feliz de que todo a mi alrededor se vea tranquilo, por suerte, no hay personas que pudieran verme llegar, trato de identificar el lugar, creo que estoy en un parque, camino un poco buscando algún lugar donde se vendan periódicos o revistas para saber en qué año y lugar estoy.
Veo que pasan unos vehículos, vehículos antiguos…no logro identificar ninguna marca, siento que podrían ser de mediados del siglo XX. Las personas que logro ver visten también con modas del siglo pasado, las mujeres muy elegantes con vestidos por debajo de sus rodillas, hombres con saco y corbata, pero también se ven personas sin zapatos, con ropa vieja, personas pobres. ¿Dónde podré estar?
Camino dos cuadras en medio de edificios antiguos, y bellísimas tiendas y por fin me encuentro en una esquina una venta de periódicos, oh, mi Dios, he viajado a la Costa Rica del ocho de diciembre del año 1941.
En el año 1941 nos encontrábamos a inicios de la segunda guerra mundial, el presidente de Estados Unidos en ese momento era el presidente Roosevelt. Me tranquilizo porque me doy cuenta de que Costa Rica, a pesar de que en la época de la segunda guerra mundial atravesaba situaciones políticas muy complicadas (como la mayoría del resto del mundo), no representaba un gran peligro a mi seguridad.
Camino unos pasos, y me encuentro a un señor de bigote, calculo que podría tener unos 70 años, vestía sombrero, camisa de manga larga con botones hasta el cuello, pantalón negro y unas botas. Cuando me ve pasar asienta con su cabeza en modo de saludo, y yo se lo devuelvo. Es evidente que mi nuevo amigo, estaba tratando de pasar el tiempo en una conversación, así que me le acerqué y aproveché su anuencia a la plática.
Me comentó lo preocupado que se sentía por la noticia de que el presidente Calderón Guardia, estando en San Isidro del General supervisando los avances en la construcción de la Carretera Panamericana, fue notificado en la madrugada de que algo terrible había sucedido, que allá en los Estados Unidos los japoneses atacaron una base militar que le llaman “perharbor” (Pearl Harbor).
Me comentó mi amigo que el presidente Calderón al leer el mensaje dio instrucciones de regresar de inmediato a San José (capital de Costa Rica y donde yo me encontraba en ese momento) y que esa misma noche en la que recibió la noticia, dio instrucciones telegráficas para que se convocara para esa misma noche a todos los secretarios de estado a un consejo de Gobierno.
Según lo que se hablaba entre las personas, El presidente reunió a los secretarios de Estado para comunicarles que se le iba a declarar la guerra a Japón por el ataque a los Estados Unidos, me comentó que el secretario de Relaciones Exteriores don Alberto Echandi Montero, hizo algunas objeciones al respecto, pero el Doctor Calderón Guardia le dijo que no era opción, que era un paso que debía dar.
-Usted sabe mi amigo, aquí todo el mundo sabe que el presidente es muy amigo y tiene compromisos con el tal Roosevelt, así que no tiene más remedio que apoyar a los Estados Unidos – me dijo el.
Se dice, que hoy, van a aprobar la declaratoria de guerra al imperio japonés.
En ese momento sentí que mi aviso de volver a mi vehículo y volver al presente había llegado. Hubiera deseado seguir conversando con ese amable caballero costarricense del año de 1941, pero no podía hacerlo. Me disculpé con el por el apuro de terminar la conversación, corrí hacia mi máquina y teniendo cuidado de que nadie me viera entrar a él, partí de nuevo a mi época.
Pero espero volver algún día a la Costa Rica del 8 de diciembre de 1941 a continuar esa conversación tan interesante.
